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Chupatintas y analistas de a tres por centavo

Que Cuba es un caso atípico en la información, y en la desinformación, no es secreto. Quién no sepa Geografía, pero esté al tanto de las noticias, puede pensar que este archipiélago caribeño ocupa más extensión territorial que toda África, a juzgar por los chorros de titulares que asoman en cualquier buscador.

Tsunamis de tinta, avalanchas de bits, tormentas de ondas radiales y televisivas, para contarles a Fidel y a Raúl, literalmente, los meses, semanas, minutos y segundos de su vida: que si hace tanto o más cuánto que no salen por la televisión, que desde cuándo no aparecen en público, que no viajan al extranjero desde tal fecha, que si hablaron exactamente equis tiempo...

Los chupatintas sacaron la cuenta de los días transcurridos desde que Raúl asumió la presidencia, y recordaron su cumpleaños, algo que los cubanos no tomamos en consideración y casi seguro ni siquiera él tuvo tiempo de celebrar. ¿A cuántos jefes de Estado o de Gobierno de este mundo los vigilan tan detalladamente?

Periodistas trasnochados y supuestos analistas viven de elucubrar y teorizar sobre si ya comenzó aquí una quimérica transición hacia el pasado, soñando con un imposible muro de Berlín caribeño; mientras miden, milímetro a milímetro, cada uno de los pasos que da el Estado, tratando de achacárselos a Raúl, como si no fueran parte del proceso natural de progresiva recuperación económica y social del país; decisiones colegiadas y previstas, a veces, desde hace mucho tiempo.

Se dicen, desdicen y contradicen: un día, hablan de “medidas cosméticas”, y al siguiente, “descubren” la “revolución de Raúl”.

Es curioso: cuando enumeran las medidas más recientes, muchos suelen “olvidar” algunas, de gran impacto social, como las relacionadas con incrementos de salarios, mejoras ostensibles en el transporte público, importantes inversiones en la salud y la educación, etc.

Si refieren declaraciones de importantes figuras nacionales, les dan igual o menor destaque que a las babosadas de cualquier descarado que se cuelgue el cartelito de “disidente”, no importa cuán desacreditado esté.

Sus despachos están llenos de códigos maliciosos. Por ejemplo, al más temible terrorista del continente, convicto y confeso de horribles crímenes, le llaman “el activista” o, en el mejor de los casos, “el anticastrista”, y a su cómplice más cercano, preso por tenencia de un copioso alijo de armas de guerra, lo bautizaron como “el benefactor”. ¡Casi lo canonizan!

En fin, entre el maremagno de verdades a medias, aparatosas mentiras y silencios culpables, siempre aparecen visiones objetivas y opiniones respetables, para quien tenga dos dedos de frente y sepa formarse un criterio propio de la realidad cubana.

Mientras, chupatintas y analistas de a tres por centavo siguen sacándole el jugo a quienes, por malicia o ignorancia, les pagan sus patochadas.

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